Se trata de un proceso gradual. Hacer consciente lo inconsciente. Revelar todo lo que ha quedado reprimido, negado. Pero, extraer esos fragmentos ocultos de la inconsciencia, no sucede de un solo golpe. Sucede en fases. En oleadas. En capas. Es como tiene que ser. Porque la memoria, ha quedado blindada, sellada con la argamasa del olvido. Porque la represión tampoco sucedió de un solo golpe. Fue sucediendo en un lento tejido para evitar el dolor, desdoblándose en una tendencia kármica. Por eso, el trabajo de sanación se parece más a destejer, pelar una cebolla, para recobrar el recuerdo de lo fresco, lo auténtico, lo vivo. Debe ser con delicadeza. Con el cultivo del arte de la paciencia. Lo confirma la clínica, la experiencia freudiana, jungiana, grofiana: el paciente no recuerda de inmediato lo que reprimió, especialmente cuando se trata de pérdidas, miedo o dolor. Lo revive como si le ocurriera por primera vez, sin saber que ya tiene la experiencia, la sabiduría para una transformación. De ahí la importancia de saber que sanar no solo es curar la herida. Es trabajar con cada capa de resistencia, y saber que se fueron formando de conflictos, evasiones y defensas. Porque lo que ya se ha vivido no desaparece. Tarde o temprano, el contenido de esas capas emerge. Más vale encontrarlo preparada, y con el valor para transformarlo en experiencia viva.


