Una nueva forma de autoagresión, es la obsesión por ser perfeccionistas. El terror a la mediocridad, a fallar, nos hace abusar de la bondad de un pensamiento analítico, detallista. El perfeccionismo es una epidemia silenciosa, maniobrada bajo el disfraz de la excelencia. Se alimenta de la autoexigencia de ser importante, midiéndonos con “likes” la autoestima y la vida exitosa. Pero debajo de esta máscara de persona refinada que no da permiso a equivocarse, se sepulta el sufrimiento, su desvalorización. Usa sus éxitos como trampa para poner a rodar la auto-duda. Usa al fracaso para envolverse en una depresión existencial. En estos tiempos ya no cabe la perfección. No hablo de bajar nuestros estándares para ser mejor. Hablo de abrirnos la memoria, recordar que es en el rompimiento, en la fisura por donde se brilla. Porque la más exquisita excelencia no es la ausencia de defectos, sino cuando los integramos para sabernos completos. Como perfeccionista es mejor centrarme en mi pasión por la belleza, en mi sentido de justicia y mi capacidad de precisión para el equilibro. Es lo ideal. Lo que en estos tiempos se necesita.


